“Tan natural como llorar cuando tienes hambre, o dormir cuando estás cansado, es la manera en que la naturaleza sana un corazón roto” Doug Manning
En este articulo nos vamos a centrar en una circunstancia inherentemente unida a la vida de cualquier persona: la pérdida. Y vamos a hablar del afrontamiento de la misma, que se denomina duelo.
Empecemos por el principio: ¿Qué es el duelo? El duelo es la reacción natural a la pérdida, se denomina así al proceso mediante el cual las personas afrontan las pérdidas, aprenden a elaborarlas, asumirlas, integrarlas, aceptarlas, rehacerse tras ellas y continuar su vida.
De qué tipo de perdidas hablamos? Pues de todas en realidad, porque cada una, de una manera o de otra, nos afecta. Es cierto que no todas las pérdidas que sufrimos en nuestra vida tienen la misma importancia, por lo tanto el proceso de duelo ante un cambio de domicilio, por ejemplo, ni va a significar lo mismo ni a tener la misma trascendencia que una muerte, que constituye el paradigma del duelo. Nuestra vida va a implicar numerosas perdidas que vamos a ir teniendo que afrontar, de toda índole y naturaleza.
Y va a influir en ello negativamente la naturaleza tanatofóbica de nuestra sociedad, que trata de ocultar, obviar, ignorar y apartarse todo lo que puede de la muerte, que como hemos dicho suele ser un tipo de pérdida muy significativa. Un hecho inevitable al que todos vamos a estar expuestos, pero del que tratamos de hablar y pensar lo menos posible. La muerte y la pérdida son un tabú.
No todas las culturas han afrontado la muerte de esta forma tan evitativa, y si analizamos esas formas de afrontar en muchos casos contienen elementos saludables que van a ayudar a tener un duelo más sano. ¿Habéis visto COCO, la película? Allí se muestra una celebración de la cultura mejicana que pone en contacto de forma festiva y amorosa el mundo de los vivos con el de los muertos, integrando y permitiendo el dolor por la muerte junto al disfrute de la vida. Qué bonito y qué sano, me hace pensar.
Se supone que el duelo tendrá una duración y tras el mismo la persona se encontrará bien y podrá volver a disfrutar de la vida y de sus intereses. No está muy claro de cuánto tiempo estamos hablando, al ser la vivencia de la pérdida una de esas experiencias personalísimas, única para cada uno de nosotros. Aunque sí se ha establecido cierto consenso en que un duelo sano suele concluir al cabo de año y medio, dos años. Pero como decimos, habrá personas que tarden más y otras que tarden menos, y factores fundamentales como el tipo de perdida y las circunstancias de la misma van a condicionar mucho este aspecto.
Pero, ¿Cómo es el duelo, que nos pasa cuando estamos en duelo, como nos sentimos, que emociones experimentamos? Pues como decíamos, va a haber variedad de emociones, vivencias y experiencias, tantas como personas. Y sin embargo, grandes expertos que han estudiado este tema han concluido que podemos hacer una clasificación por etapas del proceso, puesto que parece que hay cierto consenso sobre qué sentimos y de qué manera lo vamos sintiendo, y qué serían vivencias sanas y cuales estarían anunciando un desarrollo patológico.
Fases del duelo.
Así, la primera fase del duelo es la negación. Parece que la reacción inicial inmediata ante la perdida es un estado de shock, de sorpresa e incredulidad ante lo ocurrido, que podremos tardar desde horas a días (y más tiempo aun en algunos casos) en aceptar y asumir que es cierto y real, que ha ocurrido.
Tras esto, van a ir apareciendo, combinadas de formas idiosincráticas en cada persona, pero de una forma coherente con el fin último del proceso (que es la aceptación de la pérdida y su superación) distintas emociones que marcarán fases concretas. Así, a continuación aparece la fase de enfado , ira y envidia; ahora que ya nos creemos lo que ha pasado, nos enfadamos mucho, aparecen la cólera, la rabia. El doliente (la persona que ha sufrido la pérdida) se sirve de ellas para expresar su dolor, para tratar (infructuosamente, de manera infantil al modo de las rabietas de los niños) de lograr un cambio, para mantenerse unido a lo perdido y mantener su presencia. Nos enfadamos con todo y con todos, con la realidad y con nosotros mismos.
La siguiente fase es la de la Culpa, una de las emociones con la que más nos cuesta lidiar. Podemos identificar dos tipos de culpa, según su utilidad: una culpa racional o responsabilidad, que nos ayuda a reflexionar sobre lo ocurrido, buscarle explicación y aprender de nuestros errores; otro tipo de culpa irracional que va a aparecer en distintos momentos y situaciones haciéndome sentir mal, por ejemplo, en momentos donde estoy pudiendo disfrutar de nuevo. Hay mucha ambivalencia emocional en el duelo, y es frecuente que junto a mi deseo de encontrarme mejor aparezca malestar por los momentos en que lo logro, por un sentimiento de lealtad a la persona desaparecida.
En combinación con estas emociones, aparece la tristeza, que va a marcar la siguiente fase, donde se darán intensos sentimientos de soledad, ante la confirmación total de la pérdida. La tristeza me ayudará a asentar más lo ocurrido, hacerme más consciente y poder llorarlo. Curiosamente la tristeza es una emoción que sostenemos mejor que otras en este proceso, y además las personas que nos rodean también saben manejarla mejor, pudiéndonos ofrecer apoyo.
La siguiente fase, de reconstrucción, va a implicar que empiezo a plantarme hacer cosas para sobrellevar esa profunda tristeza, retomar actividades, darme pequeñas licencias (actividades de ocio, salidas, cosas pendientes, sonreír de vez en cuando) para salir del dolor.
Tras esto, llega la aceptación. En ella, nos resignamos a la pérdida, no me encuentro ya deprimido pero tampoco animado. Sólo sé que tengo que seguir adelante y me reengancho al tren de la vida, recomponiéndome y reorganizándome.
La última etapa es la de integración. La vida sigue, puedo recordar a la persona fallecida con nostalgia (pena tolerable) y reconocer los cambios que me han ocurrido. Ya no soy la misma persona, he logrado integrar la pérdida en mi interior y rehacerme.
Esta descripción constituiría un desarrollo sano del duelo, lo que no va a significar que no sea un proceso duro, sino que logra cumplir su función de permitirnos la elaboración, integración y superación de la perdida.
Si pasado un tiempo prudencial continuas haciendo como si no hubiera pasado, sigues muy enfadado con todo y con todos (y contigo mismo), te culpas, estas muy triste y esa tristeza no te abandona… a lo mejor tu duelo se ha enquistado en alguna fase y no estás pudiendo avanzar como necesitarías para su superación. Tal vez hablar con alguien que sepa de estas cosas que te están pasando te pueda ayudar.
