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Ocurre en nuestra disciplina que cada cierto tiempo hay un término técnico que pasa al lenguaje coloquial, y empezamos a encontrarlo en artículos de prensa, de opinión, en conversaciones, en debates televisivos o radiofónicos… es inevitable; dado que la psicología habla del ser humano y de nuestra vida, las personas sienten interés por lo que la psicología dice sobre diversos temas e incluso se sienten legitimados a opinar sobre ellos.

En los últimos tiempos creo que este efecto  le ha ocurrido al termino apego, y no es raro en la actualidad escuchar a personas de distintas formaciones hablar de educar con apego, de apegos fuertes o débiles, buenos y malos apegos…

Esto nos lleva a pensar en la necesidad de aclarar el término y poder explicar de qué hablamos cuando hablamos de apego (y como usarlo de manera correcta).

LA RAE define el apego como: “aprecio o inclinación especial por algo o por alguien”…pero vayamos un poco más allá. Podemos definir el apego  como el vínculo emocional que se desarrolla entre el bebé y sus cuidadores principales (padres biológicos, adoptivos, tutores… que se denominan figuras de apego) que deriva de su necesidad innata de establecer vínculos afectivos significativos para aumentar sus probabilidades de supervivencia. Por tanto, no se trata sólo de amor ni de cariño, sino de la creación de un contexto de seguridad y protección donde el menor pueda sobrevivir.

Antes de llegar a una definición tan clara otros profesionales de distintas disciplinas empezaron a vislumbrar la importancia de este asunto en el humano, como René Spitz (estudio el fenómeno del “hospitalismo”: en los orfanatos morían niños privados de cariño a pesar de tener cubiertas sus necesidades fisiológicas), Konrad Lorenz (fenómeno de impronta, que fascinó a Bowlby), Harry Harlow (estudios con monos Rhesus). Os animo, si os interesa, a leer la obra de estos autores, grandes estudiosos precursores del tema.

John Bowlby, junto a Mary Ainsworth,  fue uno de los máximos estudiosos de este fenómeno humano, que él definió como “un vínculo afectivo asimétrico y estable entre el niño y sus padres”.

Por tanto, el apego no es un estilo de crianza. El bebé viene “programado” para vincularse con sus cuidadores, como no podría ser de otra manera en una especie altricial (es decir, que nace inmadura y por ello desvalida para la supervivencia). En nuestro caso esa supervivencia depende no solo de lo fisiológico (alimento, seguridad física…) sino también de lo emocional.

La figura de apego, que como hemos dicho es el progenitor/es principal que nos aporte buenos tratos para sobrevivir, debe brindar un contexto en el que se dé la suficiente protección por un lado y la suficiente autonomía por otro. Si se equilibran bien ambos factores el niño desarrollará un apego seguro, derivado de una interacción con el adulto caracterizada por la sensibilidad, constancia y eficacia de sus respuestas ante las necesidades del menor; eso hará que ese menor desarrolle confianza, tanto en la disponibilidad de la figura de apego como en su habilidad para influir en la interacción. Y desde esa seguridad, explorará su mundo, aprenderá de él y se desarrollará.

Es decir yo (niño) tengo unas necesidades y cuando las muestro me encuentro con un adulto (figura de apego) que presta atención a mi reclamo, sabe discriminar lo que necesito y responde a esa necesidad en su justa media de forma sensible y coherente. Yo soy capaz de lograr que el otro me atienda y el otro es capaz de atenderme de forma sensible, respetuosa y adecuada.

Si existe desequilibrio entre los factores de protección y autonomía, y el estilo de crianza incide de forma prioritaria en uno u otro, se van a desarrollar estilos de apego inseguros: apego evitativo (poca protección, mucha autonomía) o apego ansiosoambivalente (mucha protección, poca autonomía). El Apego queda establecido en torno a los 8/10 meses.

En el peor de los casos, si la figura de apego no es capaz de gestionar de forma coherente, sensible y estable ni las necesidades de protección ni las de autonomía, generando con esa inconsistencia una situación de maltrato hacia el menor, se generaría un apego desorganizado; Este es en muchos casos el origen de importantes problemas psicopatológicos en la edad adulta.

El estudio del apego nos ofrece un análisis del origen de nuestra forma de entender las relaciones y de relacionarnos. La forma en que fuimos criados y las influencias que recibimos de nuestros cuidadores principales nos ofrecieron un modelo del mundo emocional y de las relaciones, que resulta en nuestra principal guía a la hora de funcionar y tomar decisiones en esos asuntos.

Así en líneas generales, podríamos decir ya de adultas, que las personas con un apego seguro viven con tranquilidad y confianza las relaciones con los demás, son capaces de expresar sus necesidades y de confiar en que los otros les puedan apoyar y ayudar en los momentos que necesiten. En caso de que esto no ocurra, poseen herramientas para expresar sus necesidades, gestionar el conflicto, lograr acuerdos. Están cómodos con sus emociones y saben gestionarlas, se valoran a sí mismos y todo esto se refleja en el tipo de relaciones saludables que suelen mantener con los otros. En caso de que una relación no sea saludable, suelen saber detectarlo, ponerle fin, recuperarse y seguir con su vida (Pensamos en este adulto de niño: los mensajes que recibió de sus cuidadores principales fueron que sus emociones eran legitimas, importaban, el adulto sabía qué hacer con ellas y estaba disponible; gracias a tener esa seguridad el menor pudo ir afrontando progresivamente la autonomía).

Los evitativos por su parte se van a sentir incómodos con las relaciones y el mundo emocional que se despliega en ellas, con cuya gestión tendrán dificultades. Con mucha frecuencia encontrarán como solución prioritaria ante el dolor evitar y/o evadirse (Este niño recibió otro tipo de mensajes,  del tipo “no sabemos qué hacer con lo que sientes y como nos incomoda evítalo y todo irá bien”)

Los ansiosos ambivalentes en cambio, pueden mostrar una ansiedad profunda por ser amados, por ser lo suficientemente valiosos y una gran preocupación por el interés y la disponibilidad emocional de los otros (en este caso las figuras de apego no sabían reconocer ni discriminar las necesidades emocionales, y a veces daba respuestas adecuadas y otras no, mostrando una sensibilidad incoherente y poco consistente. Así, el niño deberá exagerar sus conductas de apego para aumentar la probabilidad de respuesta).

Señalar por último que El apego es transgeneracional, de tal manera que podemos predecir el apego que va a desarrollar un menor evaluando el apego de sus padres.

Y algo de mucha importancia: el apego no es inmodificable,  el apego puede cambiar y modificarse a lo largo de la vida, dando lugar a maneras más sanas y adaptativas de relacionarse y vincularse.

Si deseáis ampliar vuestros conocimientos sobre este tema, me permito recomendaros dos libros que amplían y detallan la información, y que son en ambos casos lecturas de gran interés:

– “Educar en el vínculo”, autor: Rafa Guerrero, Plataforma Editorial Marzo 2020.

– “Maneras de Amar” autores: Amir Levine y Rachel Heller, Editorial Urano, Marzo 2016

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