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Se aproxima el verano y las deseadas vacaciones, que si hacemos caso a la información que las estadísticas nos ofrecen sobre estos días de descanso, se convierten en algunos casos en tiempos de conflicto conyugal y antesala de rupturas de pareja.

Estaría bien recordar ciertos principios sobre la pareja -de la mano de Luis Raimundo Guerra Cid y su excelente obra El clavo ardiendo-, que nos puedan ayudar a tener más claro qué cosas definen y constituyen a una pareja sana y funcional.

Una relación de pareja es un sistema abierto que excede el TU y el YO que la forman, dando lugar a un NOSOTROS.  Como sistema complejo que es cuenta con una naturaleza imprevisible y dinámica, que lo saca de la linealidad y lo hace difícilmente predecible. Estas características  que constituyen su complejidad son también su don, una flexibilidad que permite que los miembros cumplan distintas funciones que no son inamovibles, pueden cambiar trasformando los roles desempeñados en un momento dado. Por ejemplo, yo puedo ser el que consuela a veces, y otras veces ser el que necesita consuelo. Las rigideces aquí (yo siempre te consuelo pero tú nunca estás cuando soy yo el que necesita ser consolado) traerán problemas.

Tengamos en cuenta que esos problemas que se dan en algo creado por nosotros, tú y yo, en muy pocas ocasiones van a ser tu responsabilidad o la mía al completo. Aunque así lo sintamos muchas veces, o el otro nos lo transmita, esto siempre, para lo bueno y para lo malo, es una coconstrucción tuya y  mía (siguiendo con el ejemplo, si yo siempre te consuelo a ti y tú nunca a mi ¿Quién es el responsable, yo que siempre estoy disponible ante tu malestar o tú que me “usas”? ¿o el problema lo causa que tú nunca estás ante mi malestar o yo que lo tolero?).

Existe un mito muy extendido que dice que los polos opuestos se atraen. Puede ser, pero un rato sólo diría yo, formar una pareja  con alguien muy distinto va a hacer difícil empatizar, comprenderse e identificarse. Esos polos, siendo distintos, necesitarán complementarse para funcionar como pareja: “dos caracteres complementándose uno al otro generan una maduración en la propia personalidad, en el otro y en la pareja”(El clavo ardiendo, L.R. Guerra Cid). Así sí.

No olvidemos que todas nuestras relaciones (del tipo que sean) van a estar influidas por las relaciones de apego y afectivas que mantuvimos en la primera y segunda infancia, que pasan a definir para cada uno de nosotros cómo es el mundo afectivo relacional. Nos van a influir también las cosas vividas en la adolescencia, juventud y edad adulta posteriormente.

Y también el modelo que nos ofrecieron nuestros padres como pareja, por ejemplo: ¿se querían, se cuidaban o competían, se ignoraban? Nos queda una imagen inconsciente de ese modelo (bonito o feo, bueno o malo, peligroso o confiable) que también nos influye y condiciona.

Loa elementos que forman la pareja, que como hemos dicho son TU, YO y lo creado, el NOSOTROS, van a necesitar sus espacios y sus tiempos, de tal manera que ambos vamos a necesitar cierta intimidad individual sin la que vamos a acabar fusionados con el otro:  ya solo somos nosotros, no hay yoes.

Esto que puede parecer el amor total, perfecto, en realidad es patológico y dañino. Un amor así consume, se vuelve una prisión donde quedas atrapado.

Sacrificamos un poco nuestra identidad en la constitución de las pareja, eso sí, porque una individualidad total es imposible. Lograr el equilibrio adecuado de estas dos necesidades, individualidad y compromiso de pareja, intimidad individual y compromiso con el otro, será esencial. Sin ese equilibrio se puede dar lugar a dos situaciones igualmente malas: fusión sin límites (malo como decíamos) o vida totalmente independiente del otro (ejem…¿pero esto es una pareja?).

Una relación de pareja que pretenda durar en el tiempo va a necesitar un nombre (¿qué somos?). Antes o después uno mismo, el otro o los dos vamos a necesitar saber qué somos y qué características tiene eso que somos. Cosas como “follamigos”, “rollos”, “amigos con derecho a roce” ocurren sabiendo ambos (implícita o explícitamente) qué son. Y antes o después alguno querrá cambiar la definición: ir a más, o a menos o fin. Pero ambivalencia eterna es imposible.

Tengamos en cuenta que la idea del amor romántico está definida culturalmente, y nuestra cultura no acepta de buen grado mantener una relación profunda a la vez que abierta.

En los momentos actuales parecen estar en cuestionamiento estos principios hasta hace muy poco inamovibles y parecen en construcción nuevas maneras de establecer relaciones, queda por ver si sanas y satisfactorias.

Cosas veredes, amigo Sancho

 

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