Niños, verano, rabietas, rabietas, niños, verano, verano, rabietas, rabietas, rabietas…
pues sí, ya estamos ahí, con el verano encima y las soñadas vacaciones escolares ya en marcha; y claro, a más tiempo libre y más convivencia familiar más probabilidades de que estas amigas aparezcan.
Nos resulta como padres un momento muy estresante del desarrollo el tener que afrontar el comportamiento de nuestro hijo/a (con más frecuencia en el intervalo entre los 2-4 años, pero un poquito antes y un poquito después también, y en general – con diferencias- durante todo su desarrollo), cuando en un momento (del todo inadecuado muchas veces, tipo cola del super) tiene una reacción rebelde (grita, chilla, patalea, pega) por algún motivo (querían un dulce y se lo hemos negado, o está cansado, o tiene hambre, o sueño, o no se encuentra bien, o se aburre… en general cualquier situación que no le guste, que le cueste o que le frustre…o por probarnos como figuras de autoridad que somos, desafiando nuestras reglas cuando decimos no a algo o ponemos un límite).
No sabemos qué hacer en esos momentos o lo que se nos ocurre a veces proviene de los modelos familiares de los que venimos (que con lo que ha avanzado la neurociencia, la medicina, la psicología, la pedagogía etc… encontramos actualmente totalmente inadecuado…y que además, reconozcámoslo, no funcionan tan bien en realidad -cuando no son yatrogénicos-).
Es frustrante, desesperante y sentimos que cuestiona nuestro rol como buenos padres y madres, porque nosotros deberíamos ser esas personas que saben qué hacer siempre en cada momento, y resulta que no, sentimos que ese rol queda en entre dicho desde el momento en el que los hechos que estamos viviendo con nuestro retoño montado en cólera prueban lo contrario: no sabemos nada y somos unos inútiles, nos sentimos asustados y culpables.
Creo que este va a ser un buen primer paso para afrontar rabietas: dilucidar qué provoca en mí el mal comportamiento de mi hijo, qué es mío en esta situación (cómo me siento yo en esta situación, qué dificultad tengo para controlarme y qué voy a hacer para lograrlo) y qué es suyo (sus emociones y comportamiento inadecuado: recordemos, las primeras legítimas, el segundo inaceptable).
En segundo lugar, mantengamos la calma, lo que está pasando no es ni bueno ni malo, mi hijo se expresa así en este momento de su desarrollo y lo necesita como experiencia para aprender a manejar la frustración. Para eso se tiene que frustrar (desear algo y no poder lograrlo) y le vendrá bien tener un adulto al lado dispuesto a enseñarle, a ayudarle. Un adulto que no se siente atacado, ni traicionado, ni dolido, ni asustado: se siente seguro sabiendo que lo que tiene que hacer es acompañar, enseñar y ayudar. Con paciencia, coherencia, firmeza y cuidado.
En tercer lugar, ese adulto tiene así mismo que comprender lo que le está pasando al niño/a: ¿por qué mi hijo/a se comporta así en este momento de su desarrollo?.
Evolutivamente vamos pasando etapas en nuestro crecimiento (que como sabemos es lento, no como el de otras especies de mamíferos); la edad de los 2 a 4 años aproximadamente es el momento en el que el niño comienza a diferenciarse de sus padres y a asumir autonomía, comienza a generar una identidad propia, se da cuenta de que es distinto a papá y a mamá y empieza a diferenciar sus deseos de los de los demás, y entonces aparece el no. Aprender a decir que no es un hito del desarrollo muy importante, y qué hagamos cuando eso aparezca va a condicionar mucho tanto nuestra relación con él como la formación (incipiente) de su personalidad.
Por otro lado, no olvidemos que estamos hablando de niños, con cerebros inmaduros cuya gestión de lo emocional es todavía bastante precaria; su cerebro aun no cuenta con herramientas para canalizar la rabieta que está experimentando: el sistema límbico gestiona las emociones y la corteza prefrontal (sede del control ejecutivo) es aún inmadura, por eso la segunda no puede poner el freno sensato y adecuado que la intensidad de la reacción emocional del primero requiere; la emoción va a ①“secuestrar” a nuestros hijos (para bien y para mal): estoy tan contento que salto de alegría a voces en la graduación de mi hermana mayor, me enfada tanto no poder comerme el helado que deseo que monto en cólera en medio del super.
Otro elemento importante de nuestro cerebro a tener en cuenta en este momento van a ser las neuronas espejo, que son esas que facilitan la identificación con la información que recibimos desde los sentidos: si vemos reír nos cambia la cara y el ánimo, si vemos llorar también, ¿verdad? Las emociones se contagian, ahí están funcionando nuestras neuronas espejo.
Por eso, que nosotros seamos capaces de comprender nuestras emociones en esos momentos y regularlas va a ser tan importante para nuestros hijos, vernos calmados cuando ellos están nerviosos, tranquilos en vez de crispados en un momento tenso, va a hace que reciban a través de sus neuronas espejo un feedback que les ayude a autoregularse: yo estoy histérico, mamá no…uff, qué alivio… la tensión baja, los nervios también.
Vale, vale, entendido todo pero ¿QUÉ HACEMOS ANTE LA RABIETA?
Continuará…
① Utilizo este término, ”secuestro”, aludiendo a una expresión utilizada por el psicólogo Daniel Goleman (“secuestro de la amígdala”) para explicar este tipo de reacciones emocionales desbordantes. La amígdala es una parte del sistema Límbico que constituye el sistema de alarma de la amenaza, el miedo y el peligro, dirige los impulsos emocionales.
Si quieres conocer un poco más el cerebro, el sistema límbico y la gestión de las emociones, ahí dejo un artículo interesante al respecto:
