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Cuando los niños son pequeños, pero vemos que ya tienen capacidad para aprender con ayuda (recordemos la Zona de Desarrollo Próximo de Vigostky), les enseñamos a usar una tecnología muy básica con la que tienen que familiarizarse y aprender a usar, porque en nuestra cultura va a ser fundamental para algo tan básico como es alimentarse: les enseñamos a usar los cubiertos.

Para ello elegimos un cuchillo pequeñito, adaptado al tamaño de sus  manos, que no corta (más bien sirve para separar cosas blandas, de lo que necesita ser cortado nos encargamos los adultos en esta fase inicial); un tenedor igualmente pequeñito, con púas de extremo redondeado más bien, que garantice que no se pinchará si el artefacto se topa con su mano, o con su lengua; y una cuchara del tamaño de su boca.

Les enseñamos cómo se cogen, cuál es el uso que se le da a cada uno y con qué alimentos se utilizan. Lo van a hacer mal muchas veces y por eso tendremos que repetir, corregir, advertir, vigilar y supervisar también muchas veces lo enseñado. Pero lo terminarán aprendiendo gracias a nuestras repeticiones, correcciones, normas, advertencias, limitaciones.

También vamos a ir enseñando buenos modales en la mesa, otro básico para la vida en nuestra sociedad: no se habla con la boca llena, no se ponen los codos en la mesa, no se coge la comida con las manos, no se coge comida del plato de otro, los cubiertos no son para jugar…

Y también enseñamos básicos sobre salud alimentaria: qué cosas son comestibles y cuales no, qué cantidad es adecuado meterse en la boca, que hay que masticar bien los alimentos antes de tragarlos, de qué alimentos es saludable comer más y con cuales no debemos excedernos, que eso verde es sano y también está bueno… y vamos, que así en general si un niño quiere una magdalena no le voy a dar el paquete de 24 y que coja las que quiera ¿a que no?

Pero podríamos hacer otra cosa para enseñar a comer, imaginad la siguiente situación:

Una mesa grande, desplegada en ella toda clase de alimentos (crudos y cocinados, frescos y podridos, dulces, salados, alimentos para animales…). En un extremo de la mesa hemos puesto el cuchillo más afilado de la casa, el tenedor con las púas más puntiagudas que hemos encontrado y una cuchara enorme.

Y ahora imaginad que sentamos al niño (hambriento) a la mesa y le decimos: “¡Hala, a comer!”.

¿Qué creéis que va a pasar? ¿creéis que por su cuenta el niño va a coger de forma magistral los cubiertos y con una asombrosa destreza innata elegirá los alimentos más saludables de la mesa y se alimentará a la perfección, con una corrección propia de un experto en etiqueta y protocolo?

Si creéis esto, disculpadme pero sois unos incautos.

En una situación así de loca hay mil riesgos para ese niño, y se va a poder hacer mucho daño de muchas formas diferentes: cortarse, pincharse, atragantarse, intoxicarse…

Pues llevémonos esta reflexión a la gran preocupación actual que llena las conversaciones adultas: el uso que nuestros hijos (principalmente adolescentes) hacen de otra tecnología, mucho más sofisticada, compleja y por ello potencialmente peligrosa, véase, internet, redes sociales, móviles, tablets, Pcs… el mundo on line en general y los cacharritos que nos permiten el acceso al mismo.

¿Estamos esperando que ellos solos aprendan a gestionar, regular, y en resumen bien-usar esta tecnología? ¿con el potencial adictivo que a estas alturas sabemos que tiene? ¿habiendo sido diseñada por parte de las personas más inteligentes del mundo desarrollado con la única intención de que las usemos para el mayor número de actividades posible el mayor tiempo posible? ¿con la de cosas peligrosas que se pueden encontrar y el poco conocimiento y experiencia de la vida que tienen -aunque ellos se crean los más listos de la isla muchas veces-? ¿vamos a dejar esa tecnología en sus manos sin prepararles, formarles, advertirles, disciplinarles, normativizar, regular, supervisar, acompañar?

¿¿EN SERIO??

No podemos hacer eso.

Igual que enseñamos a comer bien, usar adecuadamente los cubiertos y las normas básicas de educación a la mesa a los niños pequeños que necesitan comer, tenemos que enseñar y vigilar a nuestros adolescentes para que aprendan a usar bien una tecnología mucho más sofisticada que cubre para ellos, en la sociedad que hemos creado, necesidades casi equivalentes al hambre en esas edades, como son la conexión social, la identidad, el aprendizaje, el conocimiento, la participación, el compromiso, la creatividad.

Ese es nuestro trabajo como padres: EDUCAR, que no es otra cosa que PREPARAR PARA LA VIDA.

Eso no lo van a hacer las leyes (que oye, ayudan), ni los organismos de control (que también ayudan, benditos sean). Eso lo tenemos que hacer nosotros, sus padres y madres.

El otro día asistí a una charla impartida por Beatriz Izquierdo, licenciada en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid y especialista en Ciencias Criminológicas, Penales y Penitenciarias, que dijo algo que me pareció muy sabio: “los padres somos la mejor aplicación de control parental jamás creada”.

Y como no nacemos sabiéndolo todo, si necesitáis ayuda en esta tarea, buscadla, todos podemos aprender y mejorar, las cosas que están funcionando mal tienen arreglo. Pero hay que ponerse con ello, claro.

Y que la tecnología está bien, eh? Bien usada. No caigamos en demonizar las cosas , porque tanto nuestros hijos como nosotros vivimos en este mundo, el mundo real siglo XXI, y este mundo es así y por ahí va a seguir. Imaginad a padres prohibiendo leer libros cuando se inventó la imprenta, mediados del siglo XV: “¡esa máquina infernal! ¡Os vais a quedar tontos de tanto leer, si todo queda impreso perderemos la memoria!”…en fin, este final para reírnos un poco, que también ayuda.

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